domingo, 22 de abril de 2012


Teníamos un puñado de canciones de los '80 y un montón de rulos descontrolados. Nos volvíamos locas con los pantalones tiro alto y con Moura. Eramos las taradas que habíamos visto como nacía de nuevo la democracia. Eramos las desquiciadas que nos estábamos emborrachando por primera vez, buscando a nuestros príncipes azules en medio de callejones sucios y añejos, con olor a porro y botellas rotas.
Y un día crecimos de repente. No crecer como estábamos creciendo. Crecer de verdad, crecer en serio. Un día ella apareció con una panza gigante y la desilusión a cuestas. Con el recuerdo de un tipo que la había embarazado y después se había marchado caminando por esas veredas con caca de perro y huellas de almas asustadas por la hiperinflación.
No la volví a ver nunca más. Atrás habían quedado esas tardes de juegos de muñecas, de historias mágicas y golosinas. Yo estudié letras y ella aprendió a los golpes ser madre. Y así nuestras vidas se separaron. Las llamadas interminables ya se habían convertido en un recuerdo feliz de una época en donde no existía el tiempo, donde no existían las responsabilidades. Donde no existía el amor con condiciones, ni menos que menos los puchos tirados en el piso.
Un día la vi. Estábamos en veredas opuestas. Mi mejor amiga agarraba con fuerza a una pequeña criatura de trenzas y caries. Yo tenía mis libros y un Malboro de 20. Pensé que ambas compartíamos la soledad y ese dejo de melancolía. Y deseé escuchar una vez esas canciones de Virus que tanto amaba.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario