Teníamos un puñado de
canciones de los '80 y un montón de rulos descontrolados. Nos
volvíamos locas con los pantalones tiro alto y con Moura. Eramos las
taradas que habíamos visto como nacía de nuevo la democracia.
Eramos las desquiciadas que nos estábamos emborrachando por primera
vez, buscando a nuestros príncipes azules en medio de callejones
sucios y añejos, con olor a porro y botellas rotas.
Y un día crecimos de
repente. No crecer como estábamos creciendo. Crecer de verdad,
crecer en serio. Un día ella apareció con una panza gigante y la
desilusión a cuestas. Con el recuerdo de un tipo que la había
embarazado y después se había marchado caminando por esas veredas
con caca de perro y huellas de almas asustadas por la hiperinflación.
No la volví a ver nunca
más. Atrás habían quedado esas tardes de juegos de muñecas, de
historias mágicas y golosinas. Yo estudié letras y ella aprendió a
los golpes ser madre. Y así nuestras vidas se separaron. Las
llamadas interminables ya se habían convertido en un recuerdo feliz
de una época en donde no existía el tiempo, donde no existían las
responsabilidades. Donde no existía el amor con condiciones, ni
menos que menos los puchos tirados en el piso.
Un día la vi. Estábamos
en veredas opuestas. Mi mejor amiga agarraba con fuerza a una pequeña
criatura de trenzas y caries. Yo tenía mis libros y un Malboro de
20. Pensé que ambas compartíamos la soledad y ese dejo de
melancolía. Y deseé escuchar una vez esas canciones de Virus que
tanto amaba.
No hay comentarios:
Publicar un comentario