Las frías calles parecían hacerse cada vez más largas. No podía entender porque este Agosto había sido tan frío. Parecía que mis huesos se habían vuelto de hielo y que el vapor que salía por mi boca se iba a condesar, formando copos de nieve.
No me gustaba irme a mi casa de noche y más con este frío tremendo. Pero no tenía auto y mi bicicleta había sido robada. Vivía en un vecindario de porquería, de esos que cada dos por tres eran escenario de algún asesinato o de algún allanamiento. Y tenía miedo, dios mío, que miedo tenía.
Las sombras me rodeaban, y los faroles se iban apagando a cada paso que daba. Los ruidos de animales se convertían en sonidos aislados. No sabías de donde salían y eso me daba terror. De pronto, me daban ganas de hablarle a mi madre, muerta hace un año. Pero no, no se pueden llamar a los muertos cuando estás pensando en la posibilidad de que te conviertan en uno.
Los edificios descuidados me resultaban tan aterradores que ya me estaba trastornado. ¿Por qué a veces una persona puede llegar a la locura por una sola mala noche? Tenía que llegar a mi casa, de eso estaba seguro. Pero la casa no estaba. ¿Cómo puede ser posible esto? Ya tendría que haber llegado y encontrarme con mi viejo y mi hermana.
Cada paso que daba me alejaba más de mi hogar. El frío me estaba volviendo tonto, sentía que me iba a morir en una de estas calles vacías del conurbano. O que en su defecto, uno de esos ladrones me iba a disparar a quemarropa y que finalmente, que mi cadáver iba a ser protagonista de la noticia del día. Ya me imaginaba el titular de Crónica. No, no, ese pensamiento es demasiado irracional. Ya iba a llegar, seguramente el miedo me esta haciendo creer que no iba a llegar a destino.
Los segundos pasaban rápidamente, y yo ya no caminaba, corría. Corría con mi vida. Atravesaba el barrio con la agilidad de un atleta olímpico. Las fachadas de los edificos, viejas y destruidas eran testigos de mi corrida. Era la carrera de mi vida. Una carrera contra el terror, contra el frío, contra la cruda verdad. ¿Por qué tenía que estar solo en esta noche que parecía tan traicionera?
Y caí. Me caí. Mis rodillas estaban gravemente lastimadas, la sangre me rodeaba. La vereda se había convertido en mi destino. Dejé que la suerte decidiera que era lo mejor para mí. Mi cabeza, dormida, se decidió por hacerme cerrar los ojos y esperar. La muerte seguramente me iba a buscar.
Desperté. Y los recuerdos de un mal sueño fueron el alivio para mí.
